Era un día tranquilo, como cualquier otro. La gente iba a trabajar, a estudiar o a vagar, según sea el caso. Esta era una tarde común y corriente, en un colegio, luego de la formación antes de entrar a clase. Violeta Espinoza era una niña de 11 años, casi 12. Cursaba el primer año de secundaria en la Institución Educativa Nacional “Liceo Trujillo”. Era una niña normal, de ojos negros, anteojos, blanca y de cabello castaño, y poseía una aguda y armoniosa voz. Tenía un carácter muy dulce y era algo tímida, sobre todo porque estaba enfrentando el cambio de la primaria a la secundaria. Problemas propios de su edad. Lo único que tenia de diferente era su carácter poco extrovertido, que la diferenciaba del resto de sus compañeros, y sus ansias enormes de destacar en sus calificaciones, tanto por ella misma como para demostrarle a su familia de lo que era capaz. Violeta solo tenía madre, su padre se había divorciado de ella 4 años atrás. Además tenía un hermano mayor, Pablo, de 15 años, con quien se llevaba muy bien.

Volviendo al contexto, la formación había terminado y las clases iban a comenzar. Como es de costumbre, todos los alumnos corrieron a “ganar” sus asientos en sus respectivas aulas. A Violeta le molestaba tener que hacer eso todos los días, pues a ella no le agradaban los juegos bruscos ni ese tipo de cosas. Corría lo más que podía, a veces lograba ocupar un sitio en la primera fila. Así fue aquella tarde.

Las clases comenzaron. ¿Qué curso tocaba? ¿Religión? ¡Qué aburrido! Todos dispuestos a quedarse dormidos o hacer otra cosa en plena clase. Pero Violeta puso toda su atención.

- Chicos, silencio. Buenos días con todos. Vamos a comenzar con las clases. ¿En qué tema nos quedamos?

- En los sacramentos, maestra.

- Muy bien. Comencemos con el bautismo. ¿Alguien de ustedes puede definirme que es el bautismo con sus propias palabras?

- Yo, maestra. El bautismo es el sacramento por el cual borramos nuestro pecado original y así poder alcanzar la vida eterna.

- Muy bien, Verónica. Así es. Ahora, dime tu Rodríguez, que estás quedándote dormido, ¿A que llamamos vida eterna?

- Mire profe, le voy a decir la verdad. No he estudiado nada y no creo en la vida eterna. Con la muerte acaba todo. Las personas solo vivimos unos años, nada más.

- Mmm, que mal. ¿Sabías que el señor te está escuchando en este momento?

- Pues sí, pero eso de creer de que vamos al cielo o al infierno es solo una fantasía.

- (murmurando) Cállate, Rodríguez. ¿Qué no ves que la profe te puede jalar si hablas esas cosas? Si ella te dice que la luna es verde, tu dile que sí. No seas tarado.

- Ay, Roger, ¿Tú crees que jalen a alguien en religión?, no seas idiota, nadie jala este curso. Además la profe tiene cara de buena gente.

En ese momento, alguien levantó su mano para opinar acerca del tema. Se veía muy interesada.

- Maestra, la vida eterna si existe. De hecho, la vida terrenal es algo fugaz. Si Rodríguez cree que lo que hay luego de la muerte es una mentira está equivocado. Lo que es una verdadera mentira es la vida que estamos viviendo ahora. Para que esa mentira se vuelva realidad tenemos que dejar huella, y hacer algo grandioso.

Luego de estas palabras, se escucharon risas por todo el salón. Al parecer, esto era motivo de gracia para todos sus compañeros.

- Violeta, ¿Qué has fumado?

- Oye, yo creo que está loca.

- Chicos, silencio. Violeta, hablaremos de esto luego. Creo haber entendido lo que has dicho, pero tus compañeros no te van a entender.

- Está bien, maestra, lo siento.

Luego de esta pequeña escena, la clase prosiguió. Violeta no dejaba de prestar atención, a diferencia de sus compañeros, quienes no paraban de lanzar papelitos y hacer escándalo.

Mientras ella escuchaba las clases con interés y atención, no se había dado cuenta de que alguien la observaba. Roger estaba sentado en la tercera fila, y no escuchó ni una sola palabra de los docentes durante las clases. A lo único que ponía atención era al ondeado cabello, los brillantes ojos y el inocente rostro de Violeta. Aquella niña lo había cautivado.

Sonó el timbre de recreo. Violeta, como todos los días, iba al kiosco a comprar algunas golosinas. En el camino, un grupo de chicos la detuvo.

- Oye niña, has hecho el ridículo en clase

- Jajaja, la vida eterna es más real que la realidad. Amiga, estas segura que no se te salió un tornillo.

Violeta escucho los agravios, a los que no hizo caso. Ella estaba asustada, con su mochila en el hombro y cogiendo su cuaderno de clase entre los dos brazos, prosiguió su camino.

- Niña tonta cuatro ojos, jejeje.

- Eres una mojigata, y además tratas de llevarte la atención de la profe.

- Ya basta, dejen de molestarla

Apareció de repente otro niño, al parecer defendiéndola.

- Hola Roger, que hay de nuevas.

- Mmm, ya te veo con la santurrona

- Cállate, imbécil. No creo que quieras que te saque sangre de la nariz y te reviente a golpes.

- (tartamudeando) Está bien, disculpa. Lo siento.

Violeta: (sonriendo) Muchas gracias.

Roger: No te preocupes, no fue nada. ¿Cómo te llamas?

Violeta: Mi nombre es Violeta Espinoza. ¿Cuál es el tuyo?

Roger: Yo soy Roger Castillo. Siempre te había visto, pero esta es la primera vez que te dirijo la palabra. Me sorprendió mucho lo que dijiste, aunque no entendí exactamente lo que quisiste decir.

Violeta: Supongo que nadie lo entendió. No debí decirlo.

Roger: No, no te preocupes. No les hagas caso, los chicos molestan a cualquiera, sobre todo a las personas tranquilas como tú. Parece que les incomodara que haya gente pacífica.

Violeta: Entonces soy molesta aquí.

Roger: (algo nervioso) No, te equivocas. No eres desagradable, a mí me caes bien, incluso desde antes de conocerte. Dicen que eres la chica que obtiene las notas más altas en matemática y lenguaje, y que eres una de las primeras de la clase. Incluso ganaste dos concursos intraescolares, ¿Verdad?

Violeta: Si, así es. Roger, muchas gracias por lo que hiciste. Tú me salvaste.

Roger: No te preocupes, tuve que hacerlo. Si tienes algún problema con los chicos o alguien trata de hacerte daño, sabes que puedes confiar en mí. No lo olvides. Siempre estaré allí para ayudarte.

Violeta: (sonrojándose) Muchas gracias, nunca nadie me había dicho algo así en toda mi vida.

Roger: (mirándole a los ojos) Es un gusto conocerte, creo que podemos ser buenos amigos.

Violeta: A mí también me da gusto, y por supuesto que seremos amigos.

Siguió transcurriendo el día como cualquier otro. Luego hubo clase de ciencias sociales, lenguaje y matemáticas. A Violeta le gustaban más las matemáticas. Tenía las mejores notas en ese curso. Pero tenía muchas dificultades en otros como educación física y ética.

Tocó el timbre de salida. Violeta llego a su casa. En eso la detuvo su maestra de religión.

- Violeta, lo que dijiste en clase me dejo muy impresionada. No me refiero a que creas que existe la vida eterna, sino a que dices que esta vida es solo una ficción. ¿Por qué crees eso?

Violeta: Maestra, creo eso porque a comparación de esta vida, la otra es mucho más duradera. Es la vida que nos ofrece el Señor.

- Tienes razón. Dios nos ofrece una vida eterna en Él, y a cambio solo nos pide que respetemos su creación, lo honremos y nos amemos unos a otros. Así como tus padres te aman, Él también. Solo tienes que saber que no necesitas estar muerta para conocer a Dios. De hecho, lo ves todos los días, en cada pizca de su creación.

Violeta: No le entiendo. ¿Eso quiere decir que Dios está en todos lados, pero que no lo podemos ver?

- No lo puedes ver pero si lo puedes sentir. Él está presente en todas las cosas.

Violeta: Por supuesto, y si nos esforzamos mucho, todos podemos llegar a ser un poquito como él.

- Así es, Violeta. Jamás lograremos igualarlo, pero ¿qué nos cuesta hacer un esfuerzo para seguir los pasos de nuestro Padre?

Violeta: Ya entiendo maestra. Muchas gracias. Hasta pronto.

- No hay de que, Violeta. Hasta pronto.

Le esperaba una desagradable sorpresa. Su madre la esperaba con un humor pésimo y una hoja con varias preguntas con un gran número en rojo.

- Violeta. ¿Qué es esto?

Violeta: (temblorosa) Es mi examen de ética.

- ¿Diez de nota? ¿Para eso estudias? ¡Qué vergüenza! Yo dándolo todo por ti, y así me pagas.

Violeta: Lo siento mamá. Creo que me descuidé un poco.

En eso sintió un fuerte dolor en la cabeza. Un mechón de hermosos y sedosos cabellos castaños era arrancado de su tierna cabellera. Luego comenzaron a correr aquellas amargas lágrimas por su angelical rostro. Violeta no estaba enojada, estaba decepcionada de sí misma. Era como creer que su vida no tenía ningún sentido. Con los ojos empañados de lágrimas fue a su cuarto a reflexionar y estudiar. Dentro de sí solo pensaba: “La vida aquí tiene un precio muy elevado. Al parecer, pronto no podré pagarlo. Pero esto es pasajero, pronto llegara la vida eterna. Yo no merezco estar aquí, no lo merezco”.

Pasó la noche. Violeta no bajó a comer. De lejos escuchaba las expresiones un tanto burlescas de su hermano mayor.

- Violeta, ¿Qué pasó? ¿No que eras la número uno?

La niña lloraba desconsoladamente. Sus bellos ojos, afectados por un ligero estrabismo que tenía desde hace casi 5 años, estaban llenos de lágrimas. Ella siempre creyó que el derecho de vivir no era algo con lo que nacía una persona, sino que había que ganárselo. Y eso solo se podría lograr mediante trabajo duro, y en su caso, estudiar mucho. Pensaba que todas las personas estaban sobre ella, y que tenían todo el derecho a criticar el producto de su esfuerzo, que no merecía comprensión. En ese momento pensó en Roger. Él era el único que le había ofrecido su ayuda y amistad, aparentemente sin buscar beneficio alguno. Eso le inspiró un sentimiento de confianza. Se preguntó cómo es que era posible que alguien la defendiera de ese modo. ¿Esperaría algo a cambio?

Durante la noche pensó también que Dios estaba allí presente. Si eso era cierto, entonces ¿Por qué permitió que esto suceda? Si todos los padres son tan buenos con sus hijos, ¿Por qué los hacen sufrir?